jueves, 15 de enero de 2009

Canto rodado

Un chico de unos quince años... nadaba como un pez por el río Suquía, se zambullía hasta llegar al fondo y rozar con uno de sus labios, el granito del cauce. Emergía a la superficie a toda velocidad y respiraba varias veces, sintiendo los rayos del sol quemándole la piel.

Volvía a sumergirse...buceaba a ciegas...de repente: su mano encontró una gran piedra oval, el chico la abrazó con todo su amor, apretujándola cómo la plastilina -usada en la escuela- para hacer muñequitos.

El elástico flojo del calzoncillo del chico, cedió por la corriente del río, cayendo por entre sus piernas. Descubriendo su pene erecto, que convertido en un cincel de oxidiana, no paraba de esculpir, apareciendo en la piedra oval: el ombligo, la vagina, sus piernas. La delicadeza de sus senos, mordidos y chupados por los dientes y la lengua del escultor... hicieron que, la mujer de piedra... emergiera cómo una erupción volcánica submarina, acariciada por la suavidad de las olas del río. Los labios de jade y su lengua de lápiz lazuli, babeaban y besaban la herramienta del escultor; que se asomaba ingenua por la caverna de la musa.

El muchacho pudo besarla, segundos antes de que la mujer de piedra, chocara contra un muro y estallara en cientos de pedazos.

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